Las brujas de nochebuena

Cuento aragonés – Las brujas de Noche Buena

Cuento aragonés que escuche por primera vez en el valle de Benasque, seguramente lo podemos escuchar por todo el pirineo cambiando los nombres de los personajes y de los pueblos.

En las montañas del Pirineo tomaban todas las precauciones que podían, para evitar que la bruja del pueblo (que nadie conocía) no les jugará ninguna mala pasada la noche de Navidad, ya que en esa noche tan especial las brujas podían transformarse en cualquier animal y entrar en las casas del lugar.

Cerraban todas las puertas y ventanas y en la mayoría de las chimeneas se colocaba un “espantabrujas”, que no eran más que unos monigotes de piedra con los brazos abiertos en cruz o una cabezota redonda y fea.

Aquel año, todo el pueblo se fue a la Misa del Gallo, todos rezaron y cantaron villancicos, después los vecinos regresaron a sus casas para terminar la Nochebuena en familia, comiendo lamines, turrones y polvorones.

Pero en casa del señor Tomás no terminó bien la fiesta. Llegaron todos felices cantando y haciéndose bromas unos a otros. Se fueron todos a la cocina, encendieron de nuevo el fuego para poder encender la “tronca de Navidad”, la esposa de Tomás fue a buscar el turrón a la despensa y el señor Tomás cogió el porrón y bajó a la bodega para llenarlo de vino del tonel viejo que se guardaba para las grandes ocasiones.

Para llegar a la bodega tenía que pasar por la puerta de la cuadra y se le ocurrió entrar para ver a las caballerías y echarles un poco de pienso para que también ellas pudiesen celebrar la Navidad.

Pero nada más entrar en la cuadra se quedó de una pieza: la mejor de las mulas, estaba durmiendo en el suelo de una forma extraña. Se acercó, preocupado, y comprobó que no estaba dormida, sino muerta.

La miró detenidamente, buscando el motivo de su muerte, ya que era joven y nunca había estado enferma.

Después de mucho mirar observó que en el cuello tenía unos pequeños y extraños arañazos.

Allí terminó la fiesta en casa de Tomás: la muerte de un animal de trabajo era una auténtica desgracia en una casa de la montaña.

En el pueblo durante mucho tiempo se habló de aquel percance, por haber ocurrido en Nochebuena y en circunstancias tan extrañas. Pero al cabo de los meses ya dejó de ser tema de conversación.

Tomás compró otra caballería que costó sus buenos duros en la feria de Graus y para las labores del verano ya parecía haberse arreglado todo.

No pasó nada anormal, ya en todo el año y llegó otra vez diciembre y la Navidad. También aquel año acudió a Misa de Gallo todo el vecindario.

Tras la misa el señor Tomás invitó a todo el mundo a celebrar la fiesta en su casa. Felices y cantando se fueron todos a casa del señor Tomás. La cocina era inmensa y había sitio de sobras para todos. También el mosén estaba invitado, como era músico, se llevó la guitarra para colaborar en la juerga.

Pero la fiesta se quedó aguada. Cuando Antonio, el hijo mayor, bajó a la bodega para coger vino, subió todo desencajado llamando a su padre:

-¡Padre, padre, corra baje corriendo a la cuadra, que se ha muerto Carbonero!
Carbonero era el mejor mulo que tenían aquel año, capaz de tirar de un arado como si fuera una yunta de bueyes.

Los hombres bajaron en tropel a la cuadra y a la luz del candil pudieron comprobar que el macho había muerto y que también en el cuello tenía un rasguño del que manaba un hilillo de sangre.

Dos años seguidos la misma historia ya les parecía demasiado. Aquello no era normal. El hecho tardó en olvidarse entre la gente del pueblo. Todos trataban de encontrar alguna explicación.

Y así transcurrió aquel año y llegó de nuevo la Navidad. ¿Irían a la Misa de Gallo? El señor Tomás insistía en que sí. Pero su hijo Antonio no quiso ir:

-Marchaos todos a misa. Yo me quedaré en la cuadra y veremos qué pasa.

A los demás les pareció buena la decisión y marcharon tranquilos todos, menos la abuela que como era muy vieja se quedaba en la cama. Una vez hubieron salido, Antonio se dirigió a la cuadra. Todo parecía normal. No hacía demasiado frío en la cuadra gracias al calor animal.

Antonio se escondió tras una pesebrera, puso cerca un buen garrote y se dispuso a velar aquella noche. Pero poco a poco se fue amodorrando y no tardó en dormirse.

Tal vez no había dormido ni siquiera media hora cuando se despertó sobresaltado. Las caballerías estaban nerviosas y no paraban de bufar. Algo raro parecía pasar todos los animales estaban temblorosos y asustados, pero lo que vio le heló la sangre en las venas. A lomos de un mulo saltó un gato negro como el carbón.

Antonio no lo dudó ni un momento: agarró fuerte el garrote que tenía al lado y lo lanzó con rabia contra el gato.

No lo cogió de lleno, sólo de refilón en el cogote. El gato, con un chillido lastimero, dio un salto y desapareció en la oscuridad.

El mozo se acercó a la caballería que era la víctima del ataque felino, afortunadamente estaba bien, solamente asustada y sin ningún rasguño.

Cuando todos volvieron de misa les contó lo sucedido. Estaba claro que una bruja había intentado matarles otro animal. ¿Pero quién era la bruja que se convertía en gato?

El misterio se desveló a la mañana siguiente cuando todos se levantaron. La mujer de Tomás entró como de costumbre en la alcoba de la abuela para despertarla y se la encontró en un quejido continuo: ¡Tenía en todo el cogote una marca de garrote!

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