La misa del diablo

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El barón Artal Mur y de Puymora estaba constantemente nervioso y triste. No tenía noticia alguna de su hijo que había marchado con el rey Pedro de Aragón a luchar en la Provenza.

Para calmar un poco sus nervios, salía muy a menudo de caza. Un día salió al amanecer, completamente solo, sin monteros, escuderos ni sirvientes. Se alejó mucho de sus posesiones, que estaban cerca de Ainsa y en toda la mañana no pudo encontrar ni una sola pieza.

Comió, a la sombra de un gran árbol las escasas provisiones que había llevado.

De pronto, lo alertó un leve ruido y vio junto a un arroyo una hermosa jabalina. Instintivamente cogió su lanza y se levantó con rapidez.

La jabalina echó a correr y él detrás hasta que llegaron al pie de un monte.

Entonces la jabalina se paró y mirando fijamente al cazador le dijo:

-No me mates y tendrás tu recompensa.

Sorprendido el Barón al oír hablar a la jabalina, no la mató y permitió que se alejara sin perseguirla.

Preocupado por la extrañeza del caso, se fué a su casa sin poder separar de su pensamiento la voz de la jabalina.

Como de costumbre, el Barón se quedó junto al fuego, con un porrón de vino junto a él. Pensando en la jabalina y en todo cuanto le había acontecido aquel día, se quedó dormido.

Pero las sorpresas no iban a terminar todavía.

Una especie de silbido que salía de la chimenea acompañó la aparición del mismísimo diablo en perso­na que comenzó a hablar con una voz casi dulce:

-Barón de Artal: nos hemos visto antes y le debo agradecimiento. Cuando usted ha perdonado la vida de la jabalina, no podía imaginarse que era yo.

-Desde luego que no. Y además, honradamente debo aclararle que es fácil que, de haberlo sabido, le hubiera disparado.

-Sí, pero lo cierto es que aquí estoy vivo, y que me gustaría cumplir sus deseos, sean los que sean.

-Pues mire, señor diablo. Sólo quiero una cosa y es que desaparez­ca inmediatamente por donde ha venido. No quiero tener ninguna clase de tratos con usted.

-Eso no es muy cortés por su parte. Haré como si no lo hubiera escuchado. Usted sabe de sobras que tengo muchísimo poder y quisiera complacerle en cualquier deseo que tenga. Está usted hablando con un demonio agradecido y eso se da muy pocas veces.

-En estos momentos solamente tengo un deseo: saber algo de mi hijo que marchó con el rey Pedro a la Francia. ¿Vive todavía? ¿Qué sabe usted de él?

-El rey ha muerto en Muret. Yo estuve presente en los últimos instantes de su existencia. Pero su hijo vive, está bien y desde este momento lo tomo bajo mi protección.

A continuación cogió una brasa del hogar, la colocó sobre la mesa como si fuera el testigo de la palabra dada.

Hecho esto se dirigió a la chimenea y desapareció como había venido.

El barón despertó al entrar el sol por la ventana abierta y lo primero que hizo fue mirar a la chimenea. Todo estaba allí, igual que siempre. Miró después encima de la mesa y cuál fué su sorpresa al encontrar, en lugar de la brasa que dejó Satanás, un gran y hermoso lingote de oro. Estaba absorto, cuando apareció la Baronesa, que le llamaba alborozada.

Al preguntarle el Barón qué era lo que le sucedía, le contó que ella había tenido un sueño muy extraño. Había soñado que paseaba por un monte vecino, cuando se le apareció la Virgen y le dijo que quería que en aquel mismo lugar se levantara una capilla en su honor y que en las fiestas a ella dedicadas, se celebrara allí una misa.

La Baronesa quería cumplir el mandato de la Virgen, para proteger así a su hijo de los peligros de la guerra.

El Barón, entonces, le contó lo que a él le había sucedido y le enseñó el lingote de oro que había encontrado encima de la mesa.

la Baronesa se alegró y mucho más todavía, cuando el Barón aseguró que con aquel lingote pagarían los gastos de la capilla; pero con la condición de que todos los años, en un día determinado, se celebrara una misa para el diablo.

La Baronesa se horrorizó al oír aquellas palabras; pero el Barón se mantuvo tan firme en ellas, que llamaron al viejo sacerdote de Ainsa y le consultaron el caso.

El cura, en principio, dijo que aquello era una herejía que no se podía permitir; pero al insistir el Barón, diciendo que dedicarían la misa para conseguir la conversión del diablo, consintió en ello. Y es creencia popular que todos los años, en un día señalado por el Barón, se celebra en la capilla una misa por el diablo.

 

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